LO PRIMERO ES LO PRIMERO, MARIPEPA. HAGAMOS LAS COSAS BIEN.

Ahora que vuelvo a lucir el uniforme de bloguera, y que me he propuesto escribirte una carta de vez en cuando, quizá lo mejor para ambas partes sea que empiece por el principio y me presente.

Me llamo María José García Simavilla.

Si tacho el José es porque, a pesar de los esfuerzos de mi abuela paterna por que se me llamase Maripepa de manera oficial, nadie (salvo el fisco) utiliza el nombre compuesto para referirse a mí. Ni siquiera mis progenitores durante mi tierna infancia o adolescencia, la liase parda o no.

Si decidí utilizar mi apellido materno de manera profesional y eludir el primero es porque, no sólo el Simavilla es mucho más exótico y molón (lo siento, papá), sino porque el García lo comparto con casi 1 millón y medio de personas solamente en España. En el resto del mundo, con otros 9 millones más.

Demasiados primos para repartirse el pastel. Y, lo queramos reconocer o no, el ego del artista, ése que un profesor de la facultad me dijo que nunca tendría, lucha siempre por destacar entre la multitud.

Porque una también tiene su lado Beyocé.

Nací el 30 de noviembre de 1983 en el Hospital Clínico Universitario de Salamanca. Venga, tómate unos segundos (minutos si, como yo, eres de Letras) para hacer el cálculo. Efectivamente, soy viejísima.

Aunque en la foto de mi primer DNI parezco la prima de Miércoles Addams, fui una niña bastante feliz que lo único que tuvo siempre claro es que sencillamente QUERÍA DIBUJAR. Este empeño se transformó en una meta que acabaría llamándose estudiar Bellas Artes, así que ir al colegio se convirtió en un mero trámite que me permitiría llegar hasta ella. Un camino bastante aburrido de no haber sido por las amistades que saqué de allí.

Salamanca es una ciudad pequeña, de clima y carácter fríos, en la que por suerte siempre encontré refugio para mis inquietudes artísticas.

Mi madre y mi padre me apoyaron desde el primer día en esta empresa: apuntándome a clases de dibujo, animándome a participar en concursos y convenciéndome de que podía y debía apostar por aquello que me gustaba. Ellos han sido mi factor suerte, todo lo demás fue llegando gracias a la obsesión y la constancia.

¿He revisado este post unas quinientas veces? Claro que sí, guapi.

Más allá de esa única certeza, todo han sido siempre dudas, grandes o pequeñas. Tengo una mente inquieta y creo que, si me he agarrado al dibujo como si se tratase de un salvavidas, es porque siempre me ayudó a canalizar ese torrente de curiosidad o esa ansiedad por querer entenderlo todo. Y en un mundo como éste, lo tenía bastante chungo para llegar a entender nada, las cosas como son.

Fui una niña sensible, imaginativa y bastante dada a dramatizar, así que temas como la deforestación del Amazonas, las guerras, la contaminación, o la caza indiscriminada de ballenas, son solo algunos ejemplos de las cositas que me quitaban el sueño.

Dibujar, pintar o trabajar en algo con mis manos era y es un acto de desconexión, de poner el cerebro al ralentí y enfocarlo en una sola cosa. Una droga, con la que puedo poner en pausa todo el drama, que no tiene más efectos secundarios que aquello que produzco.

Y lo bueno que tiene este cuelgue es precisamente ese lado productivo. Que puedas sacar rédito de ese refugio, de lo que más te gusta hacer, o de lo único que puedes controlar con más o menos gracia, es un puñetero privilegio. ¿Qué quieres que te diga? No seré rica, pero creo que no me lo he montado tan mal (a pesar de la cuota de autónomos).

Total, que con tanto y tanto empeño al final lo conseguí. Después de ir a clases extraescolares diarias de dibujo desde los nueve años, prepararme para entrar en Bellas Artes, llenarme de granos de pura ansiedad y dejar todos mis nervios en el examen de ingreso a Bellas Artes, conseguí alcanzar mi objetivo.

¿Y ahora qué?

Pero, ¿qué pasa cuando alcanzas un objetivo que deseas desde hace mucho tiempo? O, reformulando la pregunta, ¿qué pasa cuándo llegas a ese lugar y encuentras que hay un montón de personas que han llegado hasta allí con la misma meta y las mismas habilidades que tú?

Pues que empiezas a ser consciente de tu propia mediocridad y de lo mucho que te queda aún por recorrer. Y eso es algo bueno si te sirve como acicate y eres más terca que una mula. Porque las palmaditas en la espalda y los “qué bonito esto que has hecho” se acaban en cuanto entras en la facultad y te topas con el primer profesor frustrado. Y es que la edad adulta no le hace bien a nadie, para qué nos vamos a engañar.

Descubrí la Ilustración como meta profesional durante mi cuarto año de carrera y volví a marcar en rojo un nuevo deseo en mi calendario vital. Cuando entregué mi proyecto de fin de curso al profesor de Ilustración, sin mucha fe en deslumbrarle con mi trabajo y después de pasar todo un curso aprobando sin sobresalir, éste me miró muy seriamente y me dijo:

Mmmm. Podrías ser ilustradora. Pero vas a tener que trabajar mucho.

O como diría Rihanna: Work, work, work, work, work, work.

A lo que mi yo de 2005 reaccionó pensando: “¡Tsss! Pues si eso es todo, no veo dónde está el problema”.

Por cierto que compartí profesor de ilustración con Ricardo Cavolo el mismo año. Si tienes curiosidad por saber cómo funcionaban las clases de este señor, el mismo Ricardo lo explica de manera bastante fidedigna en esta entrevista.

Me puso un Notable. Diría que es la nota que me merecía y probablemente la que más se haya repetido en mi historial académico a lo largo de los años. Un “vas bien, pero tampoco te flipes” que va muy bien como combustible para seguir currándoselo. Aunque también es verdad que siempre he sido una estudiante tirando a relajada. Lo de matarme por sacar la máxima nota nunca estuvo entre mis intereses primordiales.

Los años de carrera fueron tirando a decepcionantes, pero eso es bastante normal si tienes en cuenta que llegué con un hype brutal que empezó a fraguarse cuando aún peinaba coletas.

Lo que sí saqué en positivo de esta experiencia, además de una beca Erasmus para vivir y estudiar unos meses en la mágica ciudad de Venecia, fue averiguar qué quería hacer con mi vida para ganarme el pan. Que no es poco. De lo que no tenía ni la más remota idea era de por dónde empezar a meter la cabecita para labrarme un futuro como ilustradora. Pero eso ya te lo contaré otro día, no quiero que este post de presentación se convierta en el de mis memorias.

Cállate ya, pesada.

Recapitulando. Hemos quedado en que soy una persona, con nombre compuesto en desuso, bastante obsesiva, tirando a drama queen, y podríamos decir que disciplinada (pero solo con aquello que me motiva). Me gusta dibujar, me gusta escribir y enrollarme como las persianas, como estarás comprobando si aún sigues leyendo, y me encantan los retos (a.k.a. meterme en jardines).

Además de todo esto, te diré que soy una tipa bastante tranquila, ex-fumadora y ex-tímida, a la que lo que más le gusta en el mundo es que la dejen a su aire. Y el queso. Y el chocolate. Y puede que un poquito el vino también. Pero estos datos igual te importan más bien poco y tampoco es que me definan. Si quieres saber más, adelante, tú pregunta.

Creo que si me dedico a esto de ilustrar no es solo porque me guste el dibujo y encima me paguen por ponerlo en práctica. También ayuda bastante esa sensación de semi-libertad que una siente al ser freelance, sumada a la posibilidad de trabajar pudiendo moverte de un lado para otro, sin pedir permiso ni hacer malabares con el calendario.

Es un trabajo que se adapta muy bien a mi manera de ser y de estar en el mundo. Que es básicamente: cuanto más “a mi bola” mejor, gracias.

Y aunque esta profesión me haya generado muchísima ansiedad y hayamos tenido “nuestros momentos”, precisamente es su inestabilidad la que me ha enseñado, con el tiempo, a convivir con la incertidumbre. Algo que me mantiene despierta y que contribuye a esa sensación de estar moviéndome en mi elemento.

Y esta elementa, en resumidas cuentas, soy yo. Te saludo y me despido hasta la próxima carta.

Ah, tambien tengo bastante vicio con los gifs animados.

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